El caso de una madre reconocida por su propio hijo gracias a un tatuaje ha sacudido a la opinión pública y ha vuelto a poner el foco sobre la violencia de género y la vulnerabilidad social. Lo que comenzó como la búsqueda desesperada de una mujer ausente durante días terminó convirtiéndose en un hallazgo brutal que un niño de solo 12 años jamás olvidará.
La víctima, Gisele Alejandra Ruocco, de 35 años, fue encontrada enterrada en el patio de la casa de su pareja, en la localidad bonaerense de Claypole, en el partido de Almirante Brown. Su hijo menor, guiado por la sospecha y por detalles que no le cuadraban, decidió revisar la tierra removida del fondo de la vivienda y se topó con una escena que ningún menor debería presenciar.
Un tatuaje que lo cambió todo

Días antes del hallazgo, el niño había acudido a la casa donde vivía su madre junto a su novio, situada en la calle Nardo al 5800, en Claypole, para preguntar por ella. Según consta en el parte policial, llevaba tiempo sin tener noticias y la preocupación empezaba a pesarle pese a que las ausencias de Gisele eran, por desgracia, algo relativamente habitual en la familia.
El hombre con el que convivía su madre, Brian Leandro Lesta, de 30 años, le dijo que la mujer no se encontraba allí. Sin embargo, al recorrer el patio, el menor reparó en un montículo de tierra reciente en el fondo de la vivienda. Ese detalle le llamó la atención, aunque en ese primer momento no pudo hacer demasiado más.
La inquietud creció con el paso de los días. El chico regresó a la misma casa para volver a preguntar por su madre y recibió una frase inquietante por parte de Lesta: “Probablemente no la vayas a ver más”. Poco después, el hombre desapareció del lugar y, según sospechan los investigadores, se dio a la fuga.
Lejos de resignarse, el niño decidió tomar la iniciativa. Pidió a un vecino una pala, se dirigió de nuevo al patio y comenzó a cavar donde había visto la tierra removida. Primero salió a la luz un trozo de tela. Al seguir excavando, emergió un brazo. Lo que vio a continuación confirmó el peor de sus temores: reconoció un tatuaje con el que identificó a su madre al instante.
“¡Es mi mamá, ese es el brazo de mi mamá!”, gritó desesperado, según relataron fuentes del caso. El niño salió corriendo hasta la casa de su bisabuela, donde vivía junto a sus cinco hermanos, para pedir ayuda cuanto antes.
El macabro hallazgo en el patio de la vivienda

Desde el domicilio familiar, los allegados realizaron un llamado al 911 que activó un operativo de urgencia. Hasta la vivienda de Claypole se desplazaron efectivos del Comando de Patrullas de Almirante Brown, personal del Grupo Táctico de Operaciones (GTO), la DDI de Lomas de Zamora y el área de Casos Especiales.
Los agentes continuaron las tareas de excavación y terminaron de desenterrar el cuerpo de la mujer, que se encontraba en avanzado estado de descomposición. La escena confirmaba la sospecha de que la desaparición de Gisele no era una ausencia más, sino el resultado de un hecho violento.
Durante el operativo, los investigadores observaron que la víctima tenía un trapo introducido en la boca, un dato que apunta a un intento de silenciarla o inmovilizarla en el momento de la agresión. Además, el cadáver presentaba múltiples cortes profundos y signos de haber sido atacado a puñaladas.
El resultado preliminar de la autopsia, difundido poco después, estableció que la causa de muerte fue un ataque con arma blanca, lo que refuerza la hipótesis de un femicidio especialmente violento. Los tiempos de descomposición coinciden con la versión de que el crimen se habría producido semanas antes del hallazgo.
Según las primeras estimaciones, la mujer habría sido asesinada alrededor del 1 de abril, fecha en la que dejó de tener contacto con sus familiares. Hasta entonces, las ausencias periódicas de Gisele, unidas a su situación personal, habían retrasado que el entorno encendiera todas las alarmas.
Quién era Gisele y por qué su ausencia no alarmó al principio
Gisele Alejandra Ruocco tenía 35 años y seis hijos menores de edad, que solían quedarse a cargo de la abuela y la bisabuela cuando ella se marchaba. Su prima Claudia explicó ante la prensa que la víctima arrastraba desde hacía años un consumo problemático de drogas, una circunstancia que también compartía con su pareja.
“Tenía problemas de adicciones desde hace mucho tiempo. Se iba 15 días, un mes, a Capital y después volvía. En ese tiempo ella iba y venía”, detalló su familiar. Esa dinámica de ausencias intermitentes llevó a que, en un primer momento, la familia no interpretara su desaparición como algo fuera de lo habitual.
Aunque en los últimos meses vivía con Lesta en la casa de Claypole, pasaba largos períodos en situación de calle en la Ciudad de Buenos Aires junto a él. Allí, según relataron allegados, ambos pedían dinero para subsistir y se movían entre pensiones, plazas y espacios públicos.
Uno de los vecinos de la pareja, identificado como Luis, contó a un canal de noticias que la relación, al menos desde fuera, parecía tranquila. “No se escuchaban discusiones ni se veían cosas raras. Él parecía una persona normal. Lo que hizo me asustó, porque parecía un muchacho bueno”, señaló, aún impactado por lo ocurrido en la vivienda contigua.
La combinación de vulnerabilidad económica, consumo de sustancias y vínculos inestables forma parte del contexto que rodea al crimen y que suele repetirse en otros casos de violencia de género. En este escenario, la capacidad de la víctima para pedir ayuda o romper con la relación se ve muchas veces mermada.
El principal sospechoso, prófugo y con antecedentes penales
Tras el hallazgo del cuerpo y los primeros avances forenses, todas las miradas se dirigieron a Brian Leandro Lesta, pareja de Gisele y dueño de la casa donde fue enterrada. El hombre, de 30 años, se encuentra actualmente prófugo y es considerado por las autoridades como el principal sospechoso del femicidio.
Fuentes policiales confirmaron que Lesta acumulaba antecedentes por diferentes delitos, entre ellos “lesiones en riña” y “robo agravado por el uso de arma”. También se supo que había estado detenido en varias unidades del Servicio Penitenciario Federal (SPF), lo que añade otro elemento de preocupación a su historial.
Según la reconstrucción inicial, el sospechoso habría matado a Gisele hace aproximadamente dos semanas y habría permanecido algunos días más en la vivienda antes de marcharse. A partir de ese momento se le perdió el rastro, y hasta ahora no se ha presentado ante la Justicia ni ha dado explicaciones por lo ocurrido.
La Fiscalía especializada en violencia de género y delitos contra la integridad sexual está abocada a dar con su paradero. Se analizan cámaras de seguridad, posibles movimientos bancarios, testimonios de allegados y los lugares que el hombre solía frecuentar en la Ciudad de Buenos Aires, donde deambulaba pidiendo dinero en la calle.
La investigación también aguarda los resultados finales de la autopsia y otros estudios complementarios para precisar el momento exacto del crimen, la mecánica de las puñaladas, la posible participación de terceras personas y si existieron agresiones previas o signos de defensa por parte de la víctima.
Una causa enmarcada en violencia de género
La investigación quedó en manos de la fiscal Marcela Alejandra Juan, titular de la Unidad Funcional de Instrucción (UFI) N.º 17 de Lomas de Zamora. Desde un primer momento, la causa fue caratulada como “homicidio agravado en contexto de violencia de género”, una figura que, en la normativa argentina, implica un agravante específico cuando el crimen se comete contra una mujer por razones de género.
El hecho de que el cuerpo apareciera enterrado en la casa de su pareja, la brutalidad de las heridas, la presencia de un trapo en la boca y los antecedentes del sospechoso son elementos que, en conjunto, llevan a la Justicia a sostener esta hipótesis. El caso se suma a la preocupante estadística de femicidios que, año tras año, se registran tanto en Argentina como en otros países de la región y de Europa.
Más allá del avance judicial, el asesinato de Gisele abre de nuevo el debate sobre las fallas en la detección temprana de la violencia, especialmente en entornos marcados por la pobreza, la exclusión y las adicciones. En contextos así, los episodios de agresiones y control suelen quedar invisibilizados bajo una cotidianeidad atravesada por la urgencia económica y la falta de recursos de apoyo.
Organizaciones que trabajan contra la violencia machista suelen señalar que es clave reforzar los dispositivos de alerta y acompañamiento para mujeres en situación de vulnerabilidad extrema, así como garantizar que sus hijos e hijas cuenten con redes de contención. Casos como este evidencian el impacto directo que la violencia de género tiene en la infancia.
La figura del niño que reconoce a su madre por un tatuaje y destapa el crimen se ha convertido en el símbolo más duro de este expediente: un menor obligado a asumir, de golpe, un rol que no le corresponde, al enfrentarse él mismo al rastro final de la violencia ejercida contra la persona que debía protegerle.
La secuencia que une la búsqueda insistente del hijo, el detalle de la tierra removida, la pala prestada por un vecino y el grito desesperado al ver el tatuaje resume, de manera cruda, la dimensión humana de este caso. Detrás de los términos judiciales y los partes policiales, queda el impacto emocional en una familia que ahora tendrá que rehacerse tras un golpe devastador y en un barrio que difícilmente olvidará lo que ocurrió en esa casa de Claypole.

