
Quien piense que la última ola de estilo ha salido de la nada quizá pase por alto que casi todo estaba ya inventado. Rotos estratégicos, prendas ajustadas, perforaciones y chalecos con pedigrí: muchas señas de identidad urbanas tienen raíces en la moda de épocas pasadas y se parecen más de lo que creemos a lo que se llevó hace siglos.
La investigadora Consuelo Sanz de Bremond reúne estas conexiones en su obra Historia de la indumentaria española (Almuzara), un recorrido que va de la Edad Media al siglo XX y que desactiva tópicos como la supuesta austeridad perpetua de ciertas cortes o los bulos sobre la higiene real. Con mirada sociológica y didáctica, la autora —valenciana, nacida en 1963— invita a observar cómo la ropa marca clases, gremios y estados civiles.
Un armario masculino que sorprende
Aunque suene chocante, la palabra “bragas” figura documentada desde el siglo XII para nombrar una prenda interior masculina. El cambio de género de la voz y su uso actual no llegarían hasta mucho más tarde.
Los vaqueros rotos que popularizaron figuras como David Beckham y la firma Gucci tienen un precedente claro: en el Quattrocento eran habituales los cortes en jubones y calzas, una moda de origen italiano que dejaba asomar la tela de debajo, a menudo en un color contrastado.
La célebre chupa cheli tampoco es un hallazgo contemporáneo. Nació como una prenda semiinterior ceñida en el siglo XVII y, con el tiempo, fue mudando hasta derivar en el chaleco del XIX, pieza clave del vestuario masculino.
En cambio, lo que hoy llamaríamos “metrosexual” no cuajaba en el XVI: se tachaba de falta de hombría afeitarse o abusar de cosméticos, y las críticas arreciaron más tarde contra quienes lucían joyas y corsés en el XIX, precisamente cuando muchas mujeres llevaban décadas deseando desterrarlos de su atuendo.
Perforaciones, pantalones y otras transgresiones
También causó revuelo la incorporación de la jaqueta —chaqueta más corta— y el jubón en el XV, porque las calzas ajustadas dejaban demasiado a la vista. Aquel alboroto se remató con la bragueta prominente, a menudo rellena para acentuar volumen y presumir de virilidad ante propios y extraños.
Ya entrado el siglo XX, el pantalón en el vestuario femenino fue otro punto de inflexión. En Europa y Estados Unidos se adoptó antes que en España, donde su uso quedó durante años vinculado a las milicianas de la Guerra Civil, lo que retrasó su normalización social.
A finales de los cincuenta, el diseñador Josep Ferré dio un paso decisivo: propuso el traje pantalón para mujer y logró que incluso generaciones mayores se animaran con una silueta que hoy parece de lo más cotidiana.
Corte, cuidado personal y bulos desmontados
Uno de los mitos más persistentes atribuye a Isabel la Católica una desidia higiénica que no se sostiene. Sanz de Bremond aclara que la reina no dejó de asearse y que la confusión proviene de Isabel Clara Eugenia, famosa por una promesa bélica —“no mudar camisa hasta ser dueña de la plaza”— vinculada al sitio de Ostende.
Tampoco encaja con las fuentes la imagen de una indumentaria regia sobria sin matices. El confesor de la soberana, Fray Hernando de Talavera, se escandalizaba con los escotes y con que la saya con verdugos dejara ver los pies, algo que consideraba impropio de su condición.
En conjunto, el análisis que propone la autora es un estudio sociológico de amplio espectro: revela cómo códigos de vestimenta, adornos y siluetas delimitaron pertenencias y jerarquías. De ahí que sostenga que cada tendencia encierra su pequeña revolución, por modesta que parezca.
Mirar la moda con perspectiva histórica cambia el relato: los rotos, las perforaciones, las prendas ceñidas y las chupas que hoy vemos en la calle dialogan con ecos del pasado. El libro de Sanz de Bremond ayuda a poner en contexto esas elecciones y a detectar que, más que novedades absolutas, muchas de nuestras prendas favoritas son herederas de un largo linaje.